domingo, julio 01, 2012

Domingo

Un hombre mira pensativo la ciudad, a través de la ventana de su apartamento, en el quinto piso de un edificio cualquiera, a las 9 p.m. de un domingo cualquiera. 

Su mujer, o bueno, no sabe realmente si es suya o no, está sentada en el sofá ojeando un libro. Sin mostrar mayor emoción, lee algún fragmento: ―“…El amor entre dos almas es eterno, y por ser eterno no se limita a esta vida, sino que reencarna junto con los amantes. Sin embargo, los que se aman no siempre cuentan con la fortuna de encontrarse en todas las vidas, llegando incluso a estar tan cerca sin saberlo…”― 

―El amor de mi vida fue abortado por su madre hace años, o tal vez ayer…
―¡El amor de tu vida soy yo!― responde enfadada la mujer. 

Él suspira, se vuelve violentamente y grita: ―¡No mujer, tú estás muy lejos de serlo! Me encantas, si, ¡pero estás muy lejos de serlo, zorra embaucadora!― Ella le cachetea indignada, y sale de su vida con un portazo a sus espaldas. Él se siente libre, poca gente, tal vez como basura, pero libre… 


―Amor ¿Qué te sucede?
―Nada mi cielo, solo imaginaba cosas.
―Entonces ¿soy o no soy el amor de tu vida?
―Claro que lo eres… y lo serás siempre… mi vida.
―¡Lindo!― Ella lo besa ―¿Qué película te quieres ver hoy?...


sábado, junio 30, 2012

Sábado

Ella era su voz, su fastidiosa voz. Me fastidiaba tanto el hecho de que se riera por todo y de todos. Sus inmensos ojos marrones también eran otro fastidio. Pero su voz era todo lo que no podía soportar.

Lo admito, maté a una persona, la maté por sus ojos y su voz. Hundí mis dedos en su cara y golpee su cabeza contra el piso hasta que su cráneo cedió. La sangre no tardó en salir, y aunque su olor me provocaba nausea, eso no fue motivo suficiente para aplacar la ira que sentía por ella. Hundí su cráneo, arranqué su piel con mis uñas, y en ese solo instante de la vida sentí la paz más absoluta. Vomité en su cara.

No hubo remordimientos del tipo “que hice”. No. Ya nunca más escucharía su voz en las madrugadas y eso me hacía sentir feliz.

Fui al espejo, y ahí estaba ella en mí.